Hablar de suicidio sigue siendo difícil. Existe el miedo de que hablar demasiado sobre ello pueda “dar ideas”, provocar un efecto contagio o hacer que alguien que nunca había pensado en suicidarse empiece a hacerlo.
Pero hay otra cara de esta cuestión que también necesitamos tener en cuenta: cuando evitamos hablar del suicidio, podemos dejar a muchas personas solas precisamente en uno de los momentos en los que más necesitan poder hablar.
Entonces, ¿hablar del suicidio es bueno o malo?
La respuesta, como suele ocurrir en psicología, no es tan sencilla como un sí o un no. No es tanto una cuestión de hablar o no hablar, sino de cómo hablamos de ello.
La investigación ha demostrado que determinados tipos de exposición a contenidos relacionados con el suicidio pueden asociarse con un aumento posterior de conductas suicidas, especialmente cuando se trata de determinadas representaciones mediáticas, mientras que otros tipos de comunicación pueden favorecer la búsqueda de ayuda y transmitir alternativas ante una crisis. Es precisamente aquí donde aparecen dos conceptos fundamentales para entenderlo: el efecto Werther y el efecto Papageno.
¿Qué es el efecto Werther?
El efecto Werther hace referencia al fenómeno por el cual la exposición a determinadas representaciones del suicidio puede favorecer conductas de imitación.
El nombre procede de la novela Las penas del joven Werther, publicada por Goethe en 1774. Tras su publicación se describieron históricamente algunos casos de suicidios que supuestamente imitaban al protagonista, aunque las evidencias históricas sobre una auténtica “epidemia Werther” son limitadas y deben interpretarse con cautela.
Con el paso del tiempo, el concepto se incorporó a la investigación sobre los efectos de los medios de comunicación y se empezó a estudiar de manera mucho más sistemática. Hoy sabemos que la relación entre exposición mediática y suicidio no es automática ni afecta a todas las personas de la misma manera, pero sí existe evidencia de que determinadas formas de informar sobre un suicidio pueden aumentar el riesgo de imitación, especialmente cuando se trata de personas conocidas o figuras públicas.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en The BMJ encontró que, después de la cobertura mediática de la muerte de una celebridad por suicidio, el riesgo de suicidio aumentaba en las semanas posteriores. Además, cuando la información incluía detalles sobre el método utilizado, se observaba un aumento de muertes por ese mismo método.
Esto no significa que informar sobre un suicidio provoque automáticamente otro. El riesgo depende del contenido, de la manera en la que se presenta, del contexto y de las características de las personas expuestas. Por eso, cuando hablamos de suicidio en medios de comunicación o redes sociales, no es recomendable convertirlo en una historia sensacionalista, romántica o excesivamente simplificada. Tampoco es adecuado presentar el suicidio como una consecuencia inevitable de una determinada situación ni centrar la atención en detalles que puedan favorecer la identificación o la imitación.
El objetivo no debería ser generar miedo, morbo, ni ocultar la realidad; sino informar de una manera responsable que reduzca el riesgo y facilite la búsqueda de ayuda.
Y entonces, ¿qué es el efecto Papageno?
Aquí aparece la otra cara de la moneda.
El efecto Papageno describe el posible efecto protector de una comunicación que muestra que existen alternativas al suicidio incluso cuando una persona está atravesando una crisis intensa.
El nombre procede del personaje Papageno de La flauta mágica, de Mozart. En la obra, Papageno atraviesa un momento de desesperación en el que contempla la posibilidad de quitarse la vida, pero finalmente encuentra alternativas gracias a la intervención de otras personas. Más allá de la historia concreta, el concepto se utiliza actualmente para hablar de aquellos contenidos que muestran estrategias de afrontamiento, búsqueda de ayuda, conexión con otras personas, recuperación y alternativas ante una crisis suicida.
Y esto es especialmente importante porque significa que los medios de comunicación y las redes sociales no tienen por qué ser únicamente un factor de riesgo, también pueden convertirse en una herramienta de prevención.
Una investigación pionera sobre el efecto Papageno encontró que determinados artículos que mostraban a personas atravesando situaciones adversas y utilizando estrategias diferentes al suicidio se asociaban con una reducción de las tasas de suicidio. Investigaciones posteriores han seguido estudiando este fenómeno: Una revisión sistemática y metaanálisis sobre historias de esperanza y recuperación encontró evidencia de que este tipo de contenidos puede influir positivamente en variables relacionadas con la ideación suicida y las actitudes hacia la búsqueda de ayuda.
Incluso estudios recientes realizados en redes sociales han encontrado que los contenidos centrados en esperanza, recuperación y afrontamiento pueden tener un potencial preventivo. Al mismo tiempo, estos mismos espacios pueden facilitar la exposición a contenidos perjudiciales, por lo que no podemos hablar de las redes sociales como buenas o malas en sí mismas: importa qué contenido circula y cómo interactuamos con él.
Entonces, ¿hablar del suicidio puede prevenirlo?
Sí. Y esta es probablemente una de las ideas más importantes de este artículo.
Preguntar por el suicidio no “mete ideas en la cabeza” de una persona que no las tenía. Cuando sospechamos que alguien está atravesando una situación de mucho sufrimiento, evitar el tema por miedo a empeorar las cosas puede dejarnos sin una conversación que podría ser necesaria. Podemos preguntar directamente cómo se encuentra. Podemos preguntar si está teniendo pensamientos relacionados con no querer seguir viviendo. Podemos escuchar sin reaccionar inmediatamente con miedo, juicio o reproches.
Hablar de ello no significa convertirnos en terapeutas ni asumir que podemos solucionar la situación por nuestra cuenta. Significa abrir una puerta. Y, en ocasiones, que alguien pueda decir por primera vez “sí, estoy pensando en suicidarme” puede ser precisamente el comienzo de una conversación que permita conectar a esa persona con la ayuda que necesita.
Esto tampoco significa que una conversación sea suficiente cuando existe un riesgo elevado. Hablar es un primer paso; buscar ayuda profesional y garantizar la seguridad es también necesario.
¿Y qué podemos hacer si alguien cercano nos dice que está pensando en suicidarse?
Lo primero es intentar no entrar en pánico delante de esa persona. Es normal que nos asustemos, pero nuestra reacción puede influir en que vuelva a sentirse capaz de hablar con nosotras o decida cerrar la conversación.
Podemos escuchar, validar el sufrimiento sin validar la idea de que morir sea la solución y preguntar directamente por la situación. Frases como “me alegra que me lo hayas contado”, “no tienes que manejar esto tú sola” o “vamos a buscar ayuda juntas” pueden transmitir algo fundamental: no estás sola con esto.
También es importante no asumir que podemos cargar con la situación por nuestra cuenta. Si existe riesgo, necesitamos involucrar a otras personas y recurrir a profesionales y servicios de emergencia cuando sea necesario.
Si necesitas ayuda inmediata
Si estás en España y estás teniendo pensamientos suicidas o existe un riesgo de que puedas hacerte daño, puedes llamar al 024, una línea gratuita, confidencial y disponible las 24 horas del día, los 365 días del año. También pueden utilizarla familiares y personas cercanas que estén preocupadas por alguien. Si existe una emergencia vital inmediata, llama al 112.
Referencias científicas
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