Tipos de apego: qué son y cómo influyen en nuestras relaciones

Hablar de apego es hablar de vínculos. Desde que nacemos, necesitamos relacionarnos con otras personas para sentirnos protegidos, cuidados y seguros. Las experiencias que tenemos con nuestras figuras de referencia van influyendo en la manera en la que aprendemos a pedir ayuda, confiar, acercarnos a los demás y gestionar la distancia emocional.

A partir de estas experiencias pueden desarrollarse diferentes patrones de apego. Tradicionalmente hablamos de cuatro: apego seguro, ansioso, evitativo y desorganizado. Sin embargo, es importante no entenderlos como etiquetas que definan quiénes somos para siempre. Nuestra forma de vincularnos puede ser relativamente estable, pero también puede cambiar a lo largo de la vida a través de nuevas experiencias y relaciones.

1. Apego seguro

El apego seguro se relaciona con haber tenido experiencias de cuidado suficientemente disponibles y sensibles a nuestras necesidades. Esto favorece que aprendamos que podemos acudir a otras personas cuando las necesitamos, pero también que podemos explorar el mundo y desarrollar nuestra autonomía.

En la edad adulta, puede manifestarse como una mayor facilidad para confiar, expresar necesidades, disfrutar de la intimidad y afrontar los conflictos sin sentir que una dificultad significa necesariamente que la relación está en peligro.

Tener un apego seguro no significa no tener inseguridades ni miedo a perder a alguien. Significa, más bien, contar con una base de seguridad desde la que podemos relacionarnos con los demás sin perder nuestra propia estabilidad.

2. Apego ansioso

En el apego ansioso puede existir una mayor preocupación por la disponibilidad y el afecto de las personas importantes. Cuando durante nuestras primeras relaciones hemos vivido respuestas poco predecibles, podemos aprender que no siempre sabemos cuándo tendremos cerca a la persona que necesitamos.

En la adultez, esto puede aparecer como miedo al abandono, necesidad frecuente de confirmación, dificultad para tolerar la distancia o una tendencia a interpretar determinados cambios en la relación como señales de que algo va mal.

A veces, cuanto más miedo tenemos de perder a alguien, más necesitamos acercarnos, preguntar, comprobar o buscar seguridad. Y ese intento de asegurarnos de que la relación está bien puede terminar aumentando todavía más nuestra ansiedad.

3. Apego evitativo

En el apego evitativo encontramos una mayor tendencia a protegernos tomando distancia de la intimidad emocional. Puede aparecer cuando nuestras necesidades emocionales no fueron recibidas de una manera suficientemente disponible o cuando aprendimos que mostrar vulnerabilidad no era una forma segura de relacionarnos.

En la edad adulta puede manifestarse como dificultad para pedir ayuda, incomodidad ante una excesiva cercanía, tendencia a restar importancia a las propias emociones o necesidad de mantener mucha independencia dentro de las relaciones.

No significa que estas personas no necesiten vínculos o no quieran a los demás. Muchas veces han aprendido precisamente a no mostrar cuánto necesitan a alguien porque depender emocionalmente puede resultarles incómodo o amenazante.

4. Apego desorganizado

El apego desorganizado se caracteriza por una mayor dificultad para encontrar una estrategia coherente cuando necesitamos relacionarnos con otras personas. Puede aparecer cuando la figura de la que esperamos protección es, al mismo tiempo, una fuente de miedo o inseguridad.

En la adultez pueden aparecer movimientos contradictorios: desear mucho la cercanía y, al mismo tiempo, sentir miedo cuando alguien se acerca; necesitar apoyo y después querer alejarse; buscar intimidad y sentirse amenazado cuando esta aparece.

Por eso, en este patrón pueden coexistir características relacionadas tanto con la ansiedad como con la evitación. No se trata simplemente de “querer y no querer” a la otra persona, sino de haber aprendido que el vínculo puede ser, al mismo tiempo, un lugar de necesidad y de amenaza.

¿Podemos cambiar nuestro estilo de apego?

Esta es probablemente una de las preguntas más importantes cuando empezamos a conocer la teoría del apego. Y la respuesta es que nuestra historia influye, pero no determina nuestro futuro.

Las investigaciones longitudinales muestran que existe cierta continuidad en la seguridad del apego, pero también cambios asociados a las experiencias y circunstancias de la vida. De hecho, algunos acontecimientos y relaciones pueden favorecer cambios duraderos en nuestra manera de vincularnos.

Por eso, conocer nuestro estilo de apego no debería servir para ponernos una etiqueta, sino para entendernos mejor. Podemos preguntarnos qué hacemos cuando tenemos miedo de perder a alguien, qué ocurre cuando una persona se acerca demasiado, cómo pedimos ayuda o qué necesitamos para sentirnos seguros en una relación.

Si reconoces patrones de dependencia, miedo al abandono, dificultad para confiar, miedo a la intimidad o problemas para expresar tus necesidades, trabajar estos aspectos en terapia puede ayudarte a comprender de dónde vienen y, sobre todo, a construir formas diferentes de relacionarte. La seguridad también puede desarrollarse a través de nuevas experiencias relacionales y de vínculos en los que podamos sentirnos escuchados, comprendidos y respetados.

Referencias científicas

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